Gabriela Amaya

Gabriela Amaya

Columnista

Al hablar de emprendimiento, nuestro enfoque va hacia el emprendedor, la persona que presenta su iniciativa de negocio, el que vende un producto, el propietario de una empresa; sin reconocer que al hablar de emprendimiento vamos más allá de ver a una persona como la imagen de una empresa o iniciativa de negocio.

Muchas veces nos centramos en indagar quién fue  la persona que tuvo esa idea, y seguimos su proceso de evolución para ver si ese emprendimiento crece o no.

Esta historia se repite con frecuencia cada vez que nace un nuevo emprendimiento. La expectativa que se puede generar se combina con el temor. Ese miedo al fracaso y exponerse ante la sociedad, y peor aún, ante la familia y amigos, son elementos que puede provocar parálisis a cualquiera el llamado miedo social, al que nos estamos de la iniciativa de negocio.

Si partimos de la premisa de que la mayoría de microempresas nacen en un círculo familiar, también podemos aseverar que es el ámbito familiar, en muchas ocasiones, el que impulsa a emprender.  El éxito o fracaso depende, en la mayoría de los casos, de la experiencia y apoyo que la familia brinda al emprendedor y a la iniciativa emprendedora.

“El espacio o ámbito familiar es el motor del emprendedor, ya que se necesita de un buen trabajo en equipo para alcanzar las metas propuestas”. ¿Qué pasa si queremos poner una empresa? Y por más que queramos emprender no tenemos la motivación, ni el apoyo de nuestro núcleo familiar.  Esa motivación es la que se convierte en el motor del emprendimiento y de la persona emprendedora.

La comunicación al interior del núcleo familiar es un elemento fundamental para involucrar al grupo en cada una de nuestras ideas, de esa manera se sentirán comprometidos, orgullosos y confiados en lo que estamos haciendo.

En mi caso particular, como emprendedora considero que sin el grupo familiar que me ha acompañado en esta aventura,  probablemente no hubiera podido hacer nada de lo que he realizado. Y no sólo me refiero al apoyo económico, que por cierto es clave en estos procesos, sino que también me refiero a la transmisión de valores de vida, a la creación de ese sentido de lucha y del nunca rendirse, a los contactos personales que ayudaron a abrir puertas.

A tantas cosas del día a día que me mantienen firme y confiada en que aquella gran idea se podrá convertir en realidad.

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Gabriela Amaya

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