Josué Gadea

Josué Gadea

Columnista

Cuando yo era pequeño veía a esos ejecutivos de wall street en las películas, encorbatados, impolutos. Las mujeres, con falda y blusa. Un corte muy conservador. Y es que parecía que los empresarios, hombres y mujeres de negocios, tenían que ser y parecer formales, profesionales.

Así crecí. En la segunda empresa en la que trabajé teniendo 25 años, me dijeron que la corbata era obligatoria, y lo era. Tan sólo nos dejaban ir sin ella los viernes. Era el “casual friday” que llamaban. Todo era seriedad, disciplina (que no digo que sea mala), aparentar ser hombres y mujeres de negocios, con un objetivo: hacer crecer nuestra compañía cayera quien cayera. Y ese ambiente se transmitía en las conversaciones de venta, en las presentaciones. Eran presentaciones frías, sin engagemet, sin conectar con el posible cliente. Y claro, sin saberlo, estábamos perdiendo oportunidades de venta.

Con el tiempo fui creciendo (personal y profesionalmente, de estatura hace tiempo que ya había parado) y conforme tenía más conversaciones con proveedores, posibles clientes, colaboradores… fuera de la oficina, con una cerveza, cocacola o café delante, me daba cuenta de una cosa.

Esa gente, que a veces llamaban pidiendo información, ese directivo de esa empresa a la que le íbamos a presentar un producto, esa comprador que se mostraba tirante… en realidad eran… PERSONAS!. Guau! Menudo descubrimiento.

Detrás de todos esos actores que me encontraba en el día a día habían personas que tenían una vida normal y corriente. Tenían hijos, maridos, mujeres… algunos tenían a un familiar enfermo o totalmente dependiente, otros hacía meses que no veían a sus hijos porque estaban divorciados, otros lo habían perdido montando una empresa que no consiguió volar… cada uno, tenía una historia muy humana.

Y fue ahí cuando empecé a comprender una cosa. Si quieres hacer negocios, deja de actuar como un autómata sin sentimientos y empieza a interesarse sinceramente por las personas.

Descubrí una cosa. El interesarme sinceramente por las personas sin perseguir ningún otro tipo de objetivo, tan sólo conocer cuál era su realidad empezó por cambiar cosas en mi vida. De momento no tenía proveedores, ni clientes, ni colaboradores… no. Empezaba a tener amigos. Amigos porque habíamos destapado la caja de los sentimientos, y de esa caja se había escapado la empatía, la asertividad, el humor, la comprensión… palabras que antes estaban  atrapadas en lo más profundo de un traje y una corbata. Y cuando tienes amigos suceden muchas cosas. En un principio las conversaciones cambian. Disfrutas de ellas. Disfrutas más del trabajo porque estás con amigos. El ambiente laboral mejora. Te sientes más motivado y conectado con la gente con la que tienes relación en tu día a día.

Hay cosas que no las compra el dinero. La mayoría de personas prefieren ganar menos en un sitio donde el ambiente laboral es bueno que ganar mucho y tener que luchar contra las personas en su trabajo. Y esto fue lo que me sucedió a mi.

Con el tiempo he aprendido a humanizar a la persona que tengo delante. Le pregunto por su vida, por esa cicatriz que lleva en el brazo, por su familia. A la gente le cambia la cara. No estamos acostumbrados a que se interesen por nosotros. La gente está acostumbrada a que cada uno se interese por sí mismo. Con el tiempo también he aprendido que tú puedes cambiar el día de una persona para mal, eso es fácil, pero también para bien (esto es lo que nos interesa aquí, lógicamente). Tu compañero de trabajo cambia de peinado ¿cuánto cuesta decirle que está radiante? Tu amigo tiene una nueva idea de negocio ¿cuánto cuesta decirle que seguro que va a tener éxito? Nada y a la vez mucho. Nos cuesta expresar nuestro sentimientos o repartir alegría de manera gratuita. Las personas preferimos repartir penurias diciendo cosas como “¿negocio nuevo? seguro que te estrellas” o bien ignorando los cambios que vemos en las otras personas.

Debemos humanizar a las personas porque detrás de un profesional, por muy caro que sea su coche, su vestimenta, por muy alto que esté en la jerarquía de la empresa… es persona. Una persona humana que a veces se siente sola. Una persona que tiene un niño al que ama y casi no lo puede ver. Una persona al fin y al cabo que el fin de semana que encanta juntarse con los amigos y salir en bici.

No hace mucho me reunía con un gerente de una empresa grande. Nos dimos la mano y quiso enseñarme sus nuevas instalaciones. Yo podría mostrarme serio, distante, correcto al 100%… pero, no fue así. Entiendo que por mucho director general que sea nadie en el fondo es persona, y como persona decidí mostrarme como lo que soy hoy en día: una persona que humaniza a las personas. Así que me mostré entusiasmado, me encantaban sus nuevas oficinas hechas con un diseño espectacular al más puro estilo Google. Espacios abiertos, diáfanos, con colores perfectamente combinados. Además de mostrarme entusiasmado expresé mis sentimientos y lo que pasaba por mi cabeza. Fui totalmente sincero. Le dije que me fascinaba lo que veía. Que estaba alucinado. Como empresario de éxito que tenía delante le pregunté como si fuera un periodista ¿cómo ha sido el cambio? ¿cuánto habéis tenido que luchar hasta conseguir esto?. Y cuando te interesas por las personas las personas abren su corazón. Cuando nos sentamos en una mesa a hablar nos sentamos uno al lado del otro y no uno enfrente del otro. Hasta en la conversación dice algún taco. Se está mostrando humano porque así lo he tratado yo, como humano. ¿Llegaremos a un acuerdo? ¿se convertirá en cliente mío? ¡qué importa! lo que importa es que he conocido a una persona muy interesante con el que cada minuto que pasas a su lado es una masterclass.

La cuestión es que humanizas a las personas sucede la magia y todavía encuentro muchas empresas que se quedaron a mitad de los 80. No muestran sus sentimientos ¡podrían dar imagen de que son vulnerables! no piden ayuda, tratan a las personas como recursos productivos.  Ni mejor ni peor manera de actuar simplemente diferente. Y en mi opinión la que menos resultados da.

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